Cuando hablamos de aceites para cocinar, es habitual encontrar distintas opciones en el supermercado. Entre ellas, el aceite de oliva virgen extra (AOVE) y los aceites de semilla, como el de girasol, son dos de los más conocidos. Aunque ambos son aceites vegetales, existen diferencias en su origen, su proceso de elaboración y algunas de sus características nutricionales.
El aceite de oliva virgen extra se obtiene directamente de la aceituna mediante procedimientos mecánicos, conservando compuestos naturales propios del fruto, como los polifenoles y otros antioxidantes. Los aceites de semilla, por su parte, se elaboran a partir de diferentes semillas y suelen requerir procesos adicionales de refinado para obtener un producto estable y apto para el consumo.
Dentro de una alimentación equilibrada, ambos pueden formar parte de la dieta. Sin embargo, el aceite de oliva virgen extra ocupa un lugar destacado en el patrón de dieta mediterránea y suele ser una de las opciones más recomendadas para el uso cotidiano. Además, cuando se utiliza para cocinar a altas temperaturas, suele mostrar una buena estabilidad frente al calor.
Un consejo práctico
Para aliñar ensaladas, verduras o cocinar en el día a día, el aceite de oliva virgen extra es una opción muy interesante. Sea cual sea el aceite elegido, conviene utilizar la cantidad adecuada, evitar recalentarlo repetidamente y conservarlo bien cerrado, protegido de la luz y del calor.
